Hormonas. Repensando nuestras cuerpas

Hormonas. Repensando nuestras cuerpas

La relación de las personas trans con nuestros cuerpos ha sido el eje sobre el que ha girado la disputa sobre nuestra existencia. Con la aparición de nuevas técnicas de modificación tecno-corporales (Preciado), la supuesta problemática de lo trans ha sido vinculada estrechamente con nuestras corporalidades. ¿Qué hay de erróneo en nosotres que todo el mundo parece necesitar que se arregle? ¿Hasta qué punto deseamos esas modificaciones corporales? ¿Qué quiere decir estar arreglade o no estarlo? Estas son algunas de las preguntas que planteamos en el presente artículo a través de la reflexión sobre un procedimiento concreto, la terapia de sustitución hormonal (HRT en sus siglas inglesas).

Cuerpas sociales y personales

El discurso imperante de la existencia de personas trans en cuerpos equivocados, o erróneos, nos ha llevado a muchas (y utilizo el femenino plural para hacer explícita mis experiencias) a necesitar ciertas modificaciones corporales. Esta inquietud proviene de una consolidación del sistema sexo-género bajo las imágenes y símbolos de los géneros: en el imaginario occidental, cuando pensamos en la formulación binaria hombre y mujer, todas compartimos ideas bastante similares. Esta instauración de modelos parecidos se traduce en su expresión primera: reducimos los géneros a sus símbolos y, como tales, a su primera instancia: las cuerpas. Este hecho conlleva que nuestras subjetividades traten de amoldarse a cuerpos desde la colectividad del pensamiento hegemónico: para ser mujeres, hemos de tener determinados rasgos y niveles hormonales estrogénicos; para ser hombres, viceversa. Este preciso modelo al que apuntamos es lo que llamamos como: cisnormatividad.

De aquí radica la supuesta disonancia que las personas trans deberíamos tener con nuestros cuerpos. Si reconocemos la influencia del poder social ante la individualidad, podremos ser conscientes que nuestras relaciones personales con nuestros cuerpos forman parte de un entramado sistemático. Los géneros se producen en colectividad y se re/producen en los ámbitos privados y públicos. Esto quiere decir que todos los pensamientos de modificación corporal parecen provenir en primera instancia por motu propio pero, realmente, vienen condicionados por nuestro bagaje e influencia externa. Nos preguntamos, entonces: ¿qué hay de erróneo en los cuerpos trans? Todo y nada. No existe un error propio de los cuerpos; son las miradas y discursos sobre ellos los que presuponen sus defectos. Por ello mismo, de los cuerpos trans sólo existe el cuerpo equivocado en tanto pensemos en ello, es decir, nos hagan creer ese fallo. Ahora bien, ¿cómo subsanamos este presupuesto error? La ideología dominante nos dice que a través de modificaciones corporales. Entre ellas, encontramos el uso de hormonas: la terapia de sustitución hormonal. En el caso que aquí nos atañe por experiencia personal, el procedimiento general se compone de dos sustancias: los antiandrógenos y estrógenos. Los primeros hacen referencia a compuestos capaces de reducir los niveles de testosterona a partir de dos formas: inhibiendo su producción o bloqueando su absorción. Los estrógenos son las hormonas encargadas de las modificaciones corporales. Dentro del imaginario trans a menudo se tiene la idea preconcebida de que las hormonas hacen magia. Bueno, utilizo esta expresión porque suelen ser presentadas como la solución a todos nuestros problemas, como si de sustancias milagrosas se trataran. En el caso de personas que hayan estado largos años en testosterona o hayan sido asignadas hombres al nacer, los efectos de los estrógenos suelen funcionar parcialmente cumpliendo nuestros deseos. Para muchas de nosotras la meta a la que aspirar parece ser la asimilación al modelo cisnormativo: mujeres débiles, pequeñas, con voz dulce y sin vello. Lo que parece que nadie nos comenta, probablemente por desconocimiento incluso médico, son muchos de los efectos secundarios asociados a la sustitución hormonal: disfunción eréctil, disminución drástica del deseo sexual, esterilización (forzada), vaivenes emocionales con su relación estrecha a problemas de ansiedad y/o depresión… Por otro lado, la voz grave permanece, el vello corporal solo reduce su tiempo de crecimiento y no nos aparece un pelo largo radiante y unas curvas de infarto por arte de magia. La cisnormatividad, los modelos de asimilación sexo-genérica, es la gran estafa hacia las personas trans y, en general, para todo el mundo. Si bien para nosotras se hace más evidente el componente colectivo, esto es un tema que atañe a todas las personas, en especial a las mujeres (no podemos estar gordas ni ser negras, tener vello ni las uñas sin pintar). Es entonces cuando nosotras problematizamos: ¿podría haber métodos alternativos para afrontar estas cuestiones? La respuesta es sí, sí y sí, siempre y cuando estas afirmaciones comporten una no criminalización de las personas que pasamos/han pasado/pasarán por procedimientos similares: nuestro objetivo no sería el de hacer sentir mal o hacer pensar a las personas que han pasado por ello que están siendo manipuladas por una especie de fantasma llamado sociedad sino el de compartir la consciencia sobre las decisiones que tomamos ante nuestra autonomía, corporalidades y libertad.

Es aquí, entre toda la vorágine sobre nuestros cuerpos donde aparece el concepto de disforia [de género]. Las compañeras de Rebelión Feminista lo definen: «se sigue empleando como un eufemismo para referirse al “trastorno” de las personas trans, a la “patología” de vivir una identidad de género que no cabe en las normas sociales sobre el género» (Rebelión Feminista, 2020). En muchos otros colectivos de personas trans críticas se argumenta que la disforia se trata de un trauma colectivo. Es decir, una supuesta disidencia ante la cisnormatividad provoca un quiebre en la economía general de los géneros al representar la potencialidad de ruptura y, ante ello, se refleja el carácter social y construido de un régimen de sometimiento socio-corporal. Muchas otras, además de darle este posible carácter disruptivo a las experiencias trans, abogamos por reformular el concepto de «disforia» y bautizarlo como «transfobia/transmisoginia interiorizada». Con ello nos referimos al carácter social de la disforia pues hace alusión al supuesto error que comentábamos anteriormente y como este proviene de origen colectivo, necesita reflejarse la dimensión social del mismo. Esta ideología que presupone un fallo se incrusta en nuestras construcciones más profundas, como es en este caso el género, e irriga todos los deseos y decisiones que tomamos. La disforia (transmisoginia interiorizada) en este lugar sería la herramienta de perpetuación del modelo cisnormativo. En cualquier caso, fortalezcámonos entre nosotras, problematicemos nuestros procesos, tanto personales como colectivos, y hablemos mutuamente.

Conclusión

Las hormonas no son magia y si queremos hacer de ellas algo como tal, deben ir acompañadas de otros muchos procesos personales-sociales que refuercen sus efectos.

Nuestras cuerpas son nuestras en tanto que son sociales. Como apuntaron les compañeres del octubre trans de Madrid en 2011: por el placer y la libertad de ser trans.

Referencias

Rebelión Feminista. (2020). ¿Disforia de género? Una perspectiva trans y queer. Consultado 03/11/2021 a través de https://rebelionfeminista.org/ Preciado, P. B. (2008). Testoyonqui. Madrid: Espasa Calpe.